Una de las dos camas que había en la habitación estaba vacía. En la otra, se acurrucaban dos niñas adormecidas, encogidas y entrelazadas.
La pequeña, miró a su izquierda. Su hermana mayor, ya estaba dormida. Ella no podía dormir. No podía dejar de velar aquella diminuta y aterradora mecedora blanca que se movía con el suave y ondulante viento de la noche.
La mecedora no era lo que la inquietaba, la intimidaba, la amedrentaba. Lo que realmente la trastornaba, era aquel payaso que reposaba sobre ella. Era el payaso más feo y siniestro que había visto en su vida. ¿Sería su mirada sin alma? ¿O su malvada sonrisa? Lo único que sabía era que la observaba, que la vigilaba y que, como cada noche y cada mañana, él estaba ahí. Esperándola.
Cuando el sol dejó entrar sus rayos a través de la ventana, se percató de que su hermana mayor ya no estaba. Aprovechó la luz del día para coger el payaso, caminar hasta el armario, trepar hasta el maletero y dejarlo allí.
Salió de su habitación y su madre la esperaba en la cocina con la sonrisa más linda y amorosa. En ese momento, su mente olvidó al muñeco y la continua sensación de vigilancia.
Así transcurrió toda la mañana: jugaba en el jardín y esperaba a su hermana que pronto llegaría del colegio. De vez en cuando, se acercaba a la habitación y se cercioraba de que aquella mecedora permaneciese vacía.
Llegó el atardecer y, seguidamente, la noche. Entró en la habitación despreocupada. Ya no temía al juguete encerrado en el maletero. Pero al mirar hacia el fondo de la habitación, su corazón se paró por un instante: desafiante, traicionero y para ella espeluznante, el payaso volvía a ocupar su lugar en la vieja mecedora.
Así transcurría cada día. Era como un castigo, una agonía emocional que la acompañó durante años y que dejó una huella indeleble en su forma de enfrentar los miedos y su propio destino. El payaso nunca llegó a dañarla pero eso es lo de menos.
Jamás imaginó que todas las tardes de su infancia, al caer la noche, su hermana mayor devolvía al payaso a la vida posándolo en su asiento.
Gracias a Irune Labajo Gonzales.
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