Los enormes árboles se imponían en un círculo enmarcando aquel descampado donde él permanecía. El bosque estaba teñido de un color azul con vetas moradas. Toda una mezcla electrizante porque así estaba el cielo, con sus nubes arremolinándose unas contra las otras, formando un mar de espuma.
En el centro de este extraño escenario había un hombre joven, atractivo, de aspecto nervioso pero a la vez sosegado. Sus ojos, brillantes, y dentro de ellos, cierta sensibilidad y a la vez cierto desequilibrio. Era su monstruo interior.
Permanecía inmóvil, esperando a que ella apareciera. Porque aquella noche, sí, aquella noche, acabaría lo que había comenzado ocho años atrás.
Últimamente anhelaba ese momento más que nunca: satisfacer sus deseos brutales y explotar toda la locura que ella le hacía sentir.
Entre sombras se dibujó una figura femenina, esbelta y delgada. Sus cabellos ondeaban con el soplar del viento y su vestido azul, ceñido a la cintura y terminado en un amplio vuelo, flotaba acompañando el suave vaivén de las hojas de los arboles. La blancura de su piel contrastaba con la atmósfera del bosque.
Ella se fue acercando, poco a poco, hasta llegar frente de él.
Él solo podía mirarla. Se pasaba las manos nerviosas por la cara. Para él, la situación era casi como un sueño. Se sentía como un depredador, deseaba febrilmente alimentarse de ella, quería poseerla, deseaba su alma y su cuerpo. Y este deseo lo hacía sentir débil, pequeño, inconsistente. En realidad, no era dueño de la situación, pero le gustaba, le excitaba pensar lo que podría llegar a hacer ¿Qué es un depredador sin su presa?
Al enfrentarse el uno al otro, se miraron con lentitud. Los rasgos de ella, habitualmente dulces, se fueron transformando en rabia. Pero no dijo nada. Le otorgó el privilegio al silencio durante un largo instante que él rompió:
-Dame amor como se lo das a él. Sabes que quizás esta noche no te deje ir, ¿lo sabes, verdad? Sabes muy bien que no he venido aquí solo para abrazarte.-
El cuerpo de ella comenzó a temblar y el cielo salpicó de lagrimas su vestido. Trató de huir pero él volvió a decir con voz demencial y mirada perdida:
-Dame un poco de tiempo y acabará todo. Sabes muy bien que lo que anhelo es el placer que me concedes. Sé muy bien que ha pasado mucho tiempo, aunque sigo sintiendo lo mismo. Quizás debería dejarte ir, pero sabes que esta noche no lo haré.
Ella sintió que el bosque se detenía. No le dio tiempo a reaccionar. Él se abalanzó sobre ella. Como un depredador rasgó sus ropas. Al abrirse, los ojos femeninos, solo vislumbraron sombras azules. Entre ellas, unas manos sobre su cuello. Aquellos ojos volvieron a cerrarse y se deslizó hacia la oscuridad de sus pensamientos para nunca más volver. Ni siquiera pudo decirle que lo amaba.
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